HEBRON: CONVIVIENDO CON EL ENEMIGO.

El texto y algunas de estas fotografías fueron publicadas en la revista peruana “Somos” nº 1295  el 01 octubre de 2011.

HEBRON, PALESTINA.

Conviviendo con el enemigo.

En 1968 un grupo de civiles israelís entró en un hotel ubicado en el centro de Hebrón, Palestina, y pidieron una habitación por 48 horas. Pasaron los dos días y tomaron una decisión: que no se irían. Al poco tiempo ese acto contaba con el apoyo del gobierno israelí, a pesar de violar su propia política oficial. El ejército les dio armas y les enseñaron a usarlas. Así empezó el enfrentamiento entre árabes e israelíes en la ciudad de Hebrón.

Después de más de 40 años y trágicos sucesos para ambas comunidades (el asesinato en una mezquita de 29 musulmanes llevada a cabo por el colono judío Baruch Goldstein en 1994, toques de queda –solo para palestinos- de semanas de duración, asesinato de colonos judíos, numerosos ataques a soldados israelíes, etc.), Hebrón es la única ciudad palestina que tiene en el centro de la ciudad una colonia judía. Los asentamientos de los colonos están concentrados dentro y alrededor  del casco antiguo, lo que provoca que la atmósfera en Hebrón sea tensa, por lo menos para un extranjero. Los palestinos ya están acostumbrados a vivir con ello.

La ciudad está fragmentada en dos zonas denominadas H1 y H2. La autoridad palestina tiene control, únicamente, sobre unos 30 km2 de la primera, mientras que H2 está totalmente bajo control israelí. A pesar de vivir sólo 500 judíos entre 30000 palestinos, en el centro de la ciudad, son éstos últimos los que tienen seriamente restringidos sus movimientos. ¿La realidad que se puede apreciar al visitar esta ciudad? En Hebrón todo está bajo control israelí. Así se puede constatar durante una estancia en H2, conviviendo entre palestinos.

Desde fuera puedes imaginar un tipo de violencia más física, como la que muestran en la televisión cuando hablan del “conflicto en oriente medio”. Pero no es una descripción completa. “No solo a la luz de los fogonazos de las balas se revela una tragedia social”. Esta frase de Eduardo Galeano puede resumir lo que verdaderamente sucede en Hebrón.

Nada más llegar a Hebrón encuentras los checkpoints –puestos de control de los militares israelíes-. En cada uno de estos checkpoints –que son muchos- es obligatorio mostrar el pasaporte cada vez que se pasa por ellos, y resulta inevitable tener que responder a las preguntas que los soldados decidan hacerte: Where are you from? O Why are you here? (¿de dónde eres? O ¿Por qué es-tás aquí?). Como extranjero, posiblemente, esta repetitiva rutina sea lo máximo que suceda; pero mientras se entrega el pasaporte, alrededor es posible ver a un joven contra la pared que está siendo registrado; o una pareja de niños con mochilas camino del colegio que han de cruzar el control todos los días para ir a estudiar; o un anciano quitándose los zapatos para no volver a pitar al cruzar el detector; o una mujer enseñando el contenido de las bolsas de la compra… Todos ellos palestinos. Esto sucede diariamente, durante, para muchos, toda una vida.

Al caminar por el centro de la ciudad una malla metálica recorre la calle a modo de tejado. Un tejado lleno de basura. Muchos de los edificios de la calle principal fueron requisados por los israelíes. Ahora, en los pisos de arriba viven los colonos y sólo en los pisos de abajo pueden mantener sus comercios los palestinos. Por eso hay basura sobre sus cabezas, basura que tiran sus vecinos de arriba.

En un lugar en el cual uno puede sentirse observado todo el tiempo ¿qué sensación de libertad se puede tener? Mucha gente se quiere ir, pero no puede; mucha gente se quiere ir, y se va; mucha gente se quiere quedar, y se queda. “Aquí nací, esta es mi tierra, donde vive y siempre ha vivido toda mi familia, siempre. ¿Por qué me tengo que ir?”. Así opina Morad, un joven activista palestino de 25 años que, como los de su generación, está en contra de los asentamientos judíos: “A mí no me importa si mi vecino es musulmán, judío, católico o protestante, a mí eso me da igual, me da igual cuál sea su religión. Yo solo quiero que no vengan aquí (los israelíes), pateen mi puerta, se metan a mi jardín y hagan una barbacoa diciendo que mi terreno ahora es suyo”.

El estado de Israel y algunos de sus habitantes ejercen una violencia que va más allá del acoso físico. Se trata de una violencia psicológica. Es la llamada “guerra psicológica” o “guerra sin fusiles” en la que se busca destruir la moral del enemigo. Los mapeos (revisión de casa por casa en zonas palestinas) es una de las tácticas utilizadas por los militares israelíes: llaman a la puerta -pueden ser las 6 de la tarde, las 9 de la noche, o las 2 de la mañana- y juntan a toda la familia en una habitación vigilada, mientras los soldados revuelven todo en busca de algo que consideren una prueba acusadora. Si encuentran ese “algo”, realizan detenciones; si no, siguen con la siguiente casa.

Otra acción habitual es la de pedir el documento de identidad (y/o los documentos del carro o llaves). Recuperarlos puede suponer una espera de minutos u horas para el civil palestino, tiempo en el que no puede marcharse. Desplazarse sin documentos supone la cárcel.

Toques de queda que pueden durar semanas, expulsión de familias enteras de sus casas tras declararla en “zona militarizada”, o cierre forzoso de comercios completan la guerra sin fusiles. La principal arteria comercial de Hebrón, Shuhada street, permanece clausurada para los palestinos desde 1994. Con ella, 304 negocios y almacenes fueron cerrados, así como la principal estación de autobuses y las casas de la gente que ahí vivía. Los palestinos pueden perderlo todo  de la noche a la mañana. Los israelís pueden quedarse con todo de la noche a la mañana.

Los cooperantes o visitantes -poco usuales- quedan profundamente marcados por lo que se vive durante un periodo de tiempo limitado ¿Qué se puede esperar de aquellos que han crecido en este ambiente? Son los niños, palestinos y judíos, quienes conviven diariamente con este conflicto generado por los adultos. Escuchan, ven y sufren cada enfrentamiento entre ambas comunidades. El futuro y la esperanza están en manos de estos niños, israelíes y palestinos, que desde temprana edad aprenden a reconocer al enemigo.

Texto y fotos: Andy Ríos J.

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